La geopolítica rusa de amarres y hangares

La geopolítica rusa de amarres y hangares

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19 | 03 | 2025

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Putin busca asentar una base en Libia que compense las instalaciones cerradas en Siria con la caída de Al-Assad, cuyo futuro Moscú sigue negociando

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Imagen satelital de la base naval de Tartús [NASA]

La repentina caída del régimen de los Al-Assad en Siria después de casi 50 años de dictadura ha implicado que Rusia, su principal aliado desde tiempos de la URSS, vea amenazado su acceso a dos de sus puntos logísticos más importantes: la base naval de Tartús y la aérea de Jmeimin. Moscú busca ahora alternativas, con opciones en Sudán y en el territorio libio contralado por el jefe militar Jalifa Haftar.

La base naval de Tartús es la única base rusa en el Mediterráneo y la más grande fuera del territorio de la antigua URSS. Su ubicación permitía a la armada rusa acceder al mar Mediterráneo sin necesidad de tener que cruzar el Bósforo desde el mar Negro. Fue en 1971 cuando el gobierno de Hafez al-Assad, padre de Bashar al-Assad, concedió permiso a la Unión Soviética para utilizar parte del puerto de la ciudad de Tartús para el atraque y reabastecimiento de su Flota Mediterránea, mediante la que pretendía contrarrestar el poder de la 6a Flota de EEUU con base en el sur de Italia.

La base perdió parte de su actividad debido al fin de la Guerra Fría, pero en 2005 Rusia buscaba reforzar su presencia en el Mediterráneo como consecuencia del deterioro de sus relaciones con Occidente, por lo que acordó con Siria la conversión del puerto en una base naval permanente con capacidad de albergar naves con armamento nuclear. En 2017, el apoyo de Moscú al régimen de Damasco durante la Guerra Civil Siria se plasmó en un tratado internacional mediante el que Siria no solo permitía la ampliación de la base, sino que concedía a Rusia la soberanía sobre la misma durante un periodo de 49 años.

A unos 50 km de la base de Tartús se encuentra la base aérea de Jmeimim. Esta base se estableció en 2015 mediante un tratado en el que Siria acordaba permitir a Rusia el uso de parte de las instalaciones del ya existente aeropuerto internacional de Latakia. En 2017, Siria acordó el uso de la base por parte de Rusia durante 49 años y sus pistas fueron expandidas para poder ser utilizadas por aviones de mayor tamaño.  

Además de la evidente importancia como puntos de entrada de material y personal ruso en Siria en el marco de su apoyo al régimen de los al-Assad, las bases de Tartús y Jmeimim constituían un nodo de comunicación fundamental para la actuación tanto de Rusia como de sus compañías de seguridad privada en África. Así, la base de Jmeimim se encuentra perfectamente situada entre África y Rusia para que los aviones del Africa Corps puedan hacer escala y repostar en el largo trayecto entre Rusia y sus áreas de actuación en Libia, Sudán, República Centroafricana y Malí y, de esa manera, garantizar su cadena de suministro.

Por su parte, la base de Tartús se volvió todavía más importante para Rusia tras la invasión de Ucrania en 2022, cuando Turquía decidió cortarle el acceso al mar Mediterráneo desde el Mar Negro a través del Estrecho del Bósforo invocando la Convención de Montreaux y la no obligación de permitir el paso a partes beligerantes.

Imágenes por satélite detectaron un gran movimiento de material y personal en ambas bases en los días próximos a la caída del régimen de Bashar al-Assad, lo que algunos analistas han apuntado que podría corresponder con su desmantelamiento, temporal o definitivo. Lo cierto es que, tras el cambio de régimen, el futuro de estas bases resulta un tanto incierto y dependerá, en buena medida, de las relaciones que entable Rusia con el nuevo régimen sirio. En la actualidad, Damasco y Moscú están discutiendo el futuro de la presencia militar rusa y, a pesar de haberse visto enfrentados durante la guerra, parece ser que las nuevas autoridades sirias se inclinan por adoptar una visión pragmática en lo que a Rusia se refiere. Moscú ha ofrecido a Siria asistencia humanitaria a cambio de continuar accediendo a las bases. Sin embargo, esto no parece ser suficiente para los nuevos líderes sirios, quienes reclaman apoyo diplomático y económico.

Este giro de los acontecimientos puede hacer precipitar otros acuerdos que Rusia ya tenía en el horizonte para el establecimiento de bases navales y aéreas que sirvan a sus objetivos, principalmente en África. Así, el Kremlin había iniciado negociaciones con el gobierno sudanés para instalar una base naval en el mar Rojo; sin embargo, estas se vieron truncadas por el estallido de la guerra civil en 2023. De prosperar esa iniciativa, Rusia se sumaría a otras potencias navales que cuentan con bases en la zona, como China y Estados Unidos, que tienen bases en Djibouti.

Durante la contienda civil, Rusia ha hecho de su deseo de construir una base naval el precio a pagar por su apoyo al ejército sudanés, a lo que Jartum finalmente accedió el 13 de febrero de 2025. Si bien es cierto que una base naval en el mar Rojo podría reportar enormes beneficios a nivel geoestratégico a Rusia, esta no puede sustituir a una en el Mediterráneo en lo que a su cadena de suministro se refiere.

Por otra parte, tras la caída de al-Assad, las necesarias escalas aéreas en los trayectos Rusia-África se han venido realizando en aeródromos bajo control ruso ubicados en la Libia controlada por el Haftar, es decir, la sección oriental del país. El general Haftar, quien controla el grueso de los recursos naturales del país, no así la capital, recibe apoyo ruso como mercenarios del Africa Corps, artillería, misiles y munición, motivo por el cual Rusia ya contaba con bases aéreas en la zona que ahora utiliza como alternativa a Siria. Ante el aumento del uso de dichas bases, Rusia está reacondicionando y expandiendo alguna de ellas, como en Maaten al-Sarra, al sureste del país cerca de la frontera con Chad y Sudán.

Rusia lleva dos años tratando de conseguir una base naval en el este de Libia. Hasta ahora, Haftar ha mantenido buenas relaciones tanto con Rusia como con EEUU. Sin embargo, la urgencia de Rusia por hacerse con una nueva base ante el cambio de régimen en Siria, puede hacerle tener que tomar lo que puede suponer una difícil decisión. Diplomáticos estadounidenses no han dejado de tratar de convencerle de que Washington resulta una mejor apuesta a largo plazo recordando que Rusia no ha sido capaz de contener a los rebeldes sirios apoyados por Turquía, precisamente, el principal aliado del gobierno internacionalmente reconocido de Libia.

Que Rusia se haga con una base naval en Libia dependerá de la decisión del régimen de Haftar, quien deberá llevar a cabo un circense ejercicio de equilibrio. En cualquier caso, la pretensión de Rusia de hacerse con nuevas bases navales obedece a una estrategia puesta en marcha con anterioridad al cambio de régimen en Siria, lo que ofrece una idea muy ilustrativa a cerca del rol de África en lo que a la política exterior rusa se refiere.