"Si estás confundido y no sabes bien
por dónde viene la opresión, pregúntate a ti mismo:
¿Sobre qué asunto en particular está implícita y explícitamente prohibido discutir?"
"Es por ahí"
(1984, de George Orwell: cuando la ficción se hace realidad –Lisandro Prieto)
Imagina por un momento salir a la calle, montarte en tu coche volador, conectar el piloto automático y echarte una siesta programando lo que vas a soñar hasta llegar a tu destino. Al llegar a tu casa, un sensor te reconoce, te abre la puerta, enciende automáticamente la chimenea y, dependiendo de tu estado de ánimo, tu casa inteligente te pone una u otra música para que te relajes, te prepara la cena, te hace la cama y te invita a sentarte en el sofá mientras te enseña la última serie en la televisión.
Aunque parezca una ensoñación ridícula, muchos escritores han fantaseado sobre cómo será nuestro futuro. Algunos lo imaginaron alegre y optimista, y escribieron lo que llamamos novelas utópicas. Otros, sin embargo, imaginaron un futuro en el que el hombre se deshumanizaría, y en el que la vida sería muy difícil o estaría controlada totalmente por el Estado; surgieron entonces las novelas distópicas. Pero, ¿predijeron realmente nuestro presente?
Según la RAE, una distopía es una “representación ficticia de una sociedad futura de características negativas, causantes de la alienación humana”. Es el término contrario a la “utopía”, que usa por primera vez Santo Tomás Moro para referirse a una sociedad futura deseable. En este ensayo compararé tres conocidas novelas distópicas con nuestro presente: utilizaré los libros Fahrenheit 451 (Ray Bradbury), 1984 (de George Orwell) y Un mundo feliz (de Aldous Huxley), de los que haré un breve resumen para después pasar a compararlos con nuestra sociedad actual.
Fahrenheit 451 fue escrito por Ray Bradbury en 1953. En la novela, el mundo ha evolucionado hasta una sociedad totalitarista, en la que cualquier forma de pensamiento individual es perseguida. Una sociedad en la que sólo se busca el placer y las experiencias fuertes, y en la que se queman los libros. El protagonista, Montag, es un bombero que se dedica a realizar esta labor de limpieza intelectual. A medida que avanza la historia, se empieza a hacer preguntas sobre su sociedad y situación, hasta que decide huir de su ciudad y vivir con un grupo de exiliados cuya misión es memorizar todos los libros que existen para que no se pierda el conocimiento. Bradbury predijo la televisión, la censura y el adoctrinamiento actuales, como ya explicaré más adelante.
Un mundo feliz, de Aldous Huxley, cuenta la historia de Bernard, Lenina y John. Nuevo Londres se ha transformado en una ciudad encantadora, donde los seres humanos están divididos en cuatro castas, a las que se asignan sus respectivos trabajos, donde los niños no son concebidos por sus madres, sino en laboratorios, donde la sexualidad desenfrenada es una forma de socializar y donde nadie tiene derecho a no ser feliz. Una sociedad feliz de ser esclava. En este libro se mezcla una idea utópica (la felicidad) con un profundo trasfondo distópico (la sumisión y esclavitud), porque ¿está bien que te obliguen a ser feliz?
1984, escrito por el americano George Orwell, es quizás la novela distópica de referencia mundial. Orwell retrata un mundo dividido en tres superpotencias que están siempre en guerra. En Oceanía, donde vive nuestro protagonista Winston, todo está controlado por el partido Socing: lo que haces, con quién te relacionas, lo que dices y hasta lo que piensas. La vigilancia y el control son absolutos, y aunque Winston intenta comportarse humanamente, el Estado se lo prohíbe. Se tratan temas como la falsificación de la historia, el control sobre la sexualidad, la rebeldía, el conocimiento y la lucha entre la verdad y la mentira. Es una interesante reflexión sobre cómo pueden acabar los regímenes totalitarios, especialmente los comunistas.
Una característica común en los tres libros es el gran desarrollo tecnológico llevado a cabo en la sociedad. Esto también es extensible a nuestro mundo actual. Sin ir más lejos, estos libros predijeron innovaciones actuales, tales como escribir por reconocimiento de voz (hablascribe), la televisión, las cámaras de seguridad inteligentes y los teléfonos móviles ("telepantallas" de 1984 y las “ televisiones murales” del libro de Bradbury) , la publicidad subliminal ( la “hipnopedia” o “educación durante el sueño” de Huxley), los métodos anticonceptivos modernos, la modificación genética y los bebés probeta (aparecen en Un Mundo Feliz) e incluso elementos como los generadores de contenido de inteligencia artificial, a los cuales George Orwell llama “Versificadores”, o los “Airpods” de Apple, cuyos antecesores literarios son los auriculares “”seashell” de Bradbury.
Curiosamente, en 1984 la tecnología no sirve para elevar el nivel de vida de los ciudadanos, sino para su control y la guerra (dicho sea de paso, George Orwell predijo los misiles, las “bombas volantes”). Como explica Arnau Berenguer en su artículo Las distopías: una crítica al presente desde un futuro indeseable, “con la excusa de la seguridad hemos ido aceptando un número mayor de instrumentos de control, como cámaras de vigilancia en la vía pública, móviles con GPS, el rastro que dejamos al navegar por Internet o simplemente la información que dejamos voluntariamente en las redes sociales” , algo que también denuncia el periodista Javier Lozano en su ensayo La pesadilla de Orwell: 1984 aquí y ahora : “Ahora lo saben todo sobre nosotros: en dónde y con quién estamos, lo que decimos, qué miramos o leemos, nuestra biografía, estado físico, preferencias y aficiones, en qué gastamos cada céntimo…” . En efecto, si el gobierno quisiera, sería capaz de acceder a nuestra información digitalizada, que, como continúa explicando Berenguer, “es casi toda” , aumentando exponencialmente su control sobre nosotros. Por otro lado, el hecho de que toda la información esté digitalizada puede dar lugar a la aparición de “agujeros de la memoria” como los del Ministerio de la Verdad de 1984, y que, al igual que en la novela de Orwell, eventos y personas de la historia puedan ser eliminados de un solo clic. Tal y como apunta Ramin Bahrani, director y becario del Guggenheim y guionista de Fahrenheit 451, la adaptación de HBO del clásico homónimo: “¿Cómo podrían evitar que una persona que se esconde en el sótano de sus padres con una computadora portátil hackee miles de millones de años de la historia, la literatura y la cultura colectiva de la humanidad, y luego la rescriba en su totalidad… o sólo haga clic en borrar? “¿Quién se daría cuenta?”. Esto también contribuye a un mayor control del Estado sobre nosotros, porque quien controla la historia pasada, controla el devenir y el presente de un país; “quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controla el futuro”, reza una de las máximas del partido Socing. No es raro el adoctrinamiento digital actual; solo hay que ver, por ejemplo, el proyecto de ley español sobre las “fake news”, en que el Estado sería el juez sobre lo que se ha de considerar un hecho verdadero o falso en el mundo de las redes sociales.
Este desarrollo de la tecnología, en concreto, de todo lo referente al mundo digital, ha hecho que los medios de comunicación tradicionales (periódicos y radio) sean sustituidos por un millón de medios alternativos de información de fiabilidad dudosa. Este es el caso de los “streamers” y de miles de canales pseudoperiodísticos, que permiten a gente sin conocimientos opinar sobre temas relevantes, lograr convencer a unos pocos y hacer que el resto de gente que no conoce medios serios y fiables de información acabe recurriendo a los medios controlados por el Estado, que cada vez son mayores en número y en alcance.
Por último, el desarrollo de la tecnología también ha afectado al entretenimiento, otro factor común en las tres obras que estamos analizando. En 1984, son los programas emitidos por las telepantallas; en Un mundo feliz, las “vacaciones existenciales” o pérdidas prolongadas de la consciencia causadas por la droga "soma”, la música sintética y la televisión sensorial; y en Fahrenheit 451, las telenovelas de la televisión mural. Lamentablemente, la actualidad no le va en zaga, habiendo sustituido las formas tradicionales de entretenimiento al aire libre por un entretenimiento consumista, digital e irreal. “Les hacemos odiar el campo porque antes no consumían nada más que transporte para llegar a él. Ahora les hacemos amar los deportes de campo, que requieren una complicada maquinaria para ser practicados. He aquí cómo acaban consumiendo maquinaria y transporte”, aclara el director de un “centro educativo” de Un Mundo Feliz. Nosotros hemos llegado aún más lejos: para divertirnos necesitamos teléfonos móviles, videojuegos e Instagram. Estas formas de diversión instantánea no nos aportan nada, sino que amodorran nuestra capacidad de razonamiento y duermen nuestra inteligencia al minar la creatividad y no hacer necesario el esfuerzo. “El bombardeo de las sensaciones digitales han sustituido al pensamiento crítico.” - tal y como lo explica Bahrani. Arnau Berenguer, autor del artículo Las distopías: una crítica al presente desde un futuro indeseable, va aún más allá, advirtiendo de que este fenómeno de diversiones digitales rápidas lleva a “la muerte de la cultura, de la sociedad que prefiere mensajes televisivos simples y rápidos que el descubrimiento y el análisis, y que aprecia más una serie de imágenes de Instagram o las recomendaciones de un influencer, que leer, debatir y descubrir fuentes diferentes”. En palabras de Faber, el profesor rebelde al régimen de Fahrenheit 451: “Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos 'hechos' que se sientan abrumados. Entonces tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices”. Si a este tipo de diversiones le añadimos otras tan faltas de significado como seguir apasionadamente el fútbol, apostar o ver series, tenemos el caldo de cultivo perfecto para un verdadero “ pan y circo”; el método que usa el Estado para desviar la atención de grandes colectivos hacia temas poco importantes, para ocultar sus verdaderas maquinaciones. "Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia (...), gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre"- explica Huxley. Este método lo usa también el partido Socing de 1984 para engañar a la verdadera fuerza capaz de hacer un cambio en la sociedad: los proles o proletarios: la clase baja. "Era probable que la lotería constituyera el principal, si no el único, motivo de interés de los proles. Era su deleite, su locura, su anestesia intelectual”, en palabras de Winston, el protagonista.
Quiero hacer una mención a otro factor actual que predijo Orwell: la modificación del lenguaje. Sobre este tema nos explica Berenguer “La «neolengua» orwelliana, donde las palabras pierden su sentido para poder manipular a la población, puede parecerse a nuestro actual sometimiento al lenguaje políticamente correcto, donde damos más valor a cómo hablamos que a nuestras acciones reales.” La importancia del lenguaje no debe ser despreciada, porque cada palabra trae consigo una connotación subliminal que puede decidir una batalla cultural en una u otra dirección. Por esto no se puede ver en ningún documento oficial la palabra aborto, que ha sido sustituida por una con menor cargo de conciencia: Interrupción Voluntaria del Embarazo. Sutil ironía es que en nuestros libros de texto de Lengua y Literatura se dedique un apartado entero a las palabras tabú y sus eufemismos políticamente correctos, porque, obviamente, nadie quiere ser despedido, pero no se ve tan mal un recorte de plantilla, si no, habría que preguntar a los daños colaterales si no prefieren ser llamados víctimas civiles…
Además del desarrollo de la tecnología, otro factor común entre las tres novelas y la actualidad es el intento de control por parte del Estado de las cualidades más innatas del ser humano: la sexualidad y las relaciones, la identidad, la educación y la expresión.
De la anulación de la libertad de expresión ya hemos hablado un poco. Actualmente vemos que muchos gobiernos se aprovechan de una incertidumbre intelectual para apropiarse de los medios de comunicación fiables y usarlos para dar su versión de la realidad. También así ocurre en nuestros tres libros: el Ministerio de la Verdad de 1984 se encarga de falsificar la historia y la estadística para su provecho. En Un Mundo Feliz, la hipnopedia es la encargada de transmitir consignas y eslóganes morales, que rigen la vida de los individuos, y en Fahrenheit 451 la televisión mural controla completamente lo que piensan las masas.
Asimismo, la educación, que siempre ha sido considerada la principal arma de control que un régimen puede usar, también es dominada por el Estado en las tres novelas. "Los niños están condicionados desde el nacimiento a aceptar sin cuestionar el lugar que les asigna la sociedad" explica el Director del Centro Educativo de Condicionamiento en Un Mundo Feliz. En 1984 O’Brian dice "La ortodoxia significa no pensar, no necesitar pensar. La ortodoxia es la inconsciencia." mientras habla sobre los eslóganes que se utilizan para educar a los niños y “reeducar” a los adultos. En Fahrenheit 451 se menciona el importante papel que cumple la educación (en este caso la educación en la ignorancia, es decir, no enseñar más que futilidades) para eliminar cualquier forma de rebelión al régimen tanto en el presente como en las generaciones futuras, que están siendo ahora mismo educadas "Si no quieres que un hombre sea infeliz políticamente, no le enseñes dos puntos de vista para que compare; enséñale sólo uno, o, mejor aún, ninguno". ¿No nos recuerda esto a nuestra situación actual en la que el gobierno implementa leyes sobre lo que se debe enseñar en los colegios? ¿No se parece al sistema educativo de hoy en día, en el que solo se le enseñan datos (irrelevantes en su mayoría) al niño y se ignoran asignaturas más importantes como la filosofía, la lógica o la teología, que lo ayuden a desarrollarse como persona?
La tercera cualidad innata del ser humano de la que vamos a hablar es la sexualidad, que aparece como parte fundamental en los tres libros, y en cada uno de manera diferente, pero siempre usada para controlar a la población. Pero, ¿por qué la sexualidad? Vemos que en las tres novelas se priva a la sexualidad de parte de su sentido: ya sea del procreativo, es decir, que exista el propósito de tener hijos ("Ella no estaba interesada en tener hijos, ni en cuidarlos. Los hijos eran un peso. Era más importante que todo fuera perfecto y que las cosas estuvieran bien en su vida inmediata." —explica Montag hablando de su mujer en Fahrenheit 451), o del unitivo, tratando al acto sexual como un mero deber hacia el partido para procurarle nuevos adeptos, como en 1984: "El propósito del sexo no era la satisfacción, sino la reproducción, y el acto de procrear, con la esperanza de tener hijos que estuvieran completamente leales al Partido" - dice Winston, el protagonista. En Un Mundo Feliz vemos que se ha conseguido despojar a las relaciones sexuales de ambos significados, tratándolas como una mera manera de socializar (incluyendo incluso juegos eróticos como parte fundamental de la educación de los niños), y ni siquiera con el propósito de tener hijos. Pues bien, al atacar esta parte tan fundamental del ser humano que es la sexualidad, les es arrebatada parte de su identidad y, al igual que si a un cuadro le quitas parte de sus colores, este ya no es el mismo, al quitarle al hombre parte de su identidad, esta puede ser repuesta por frivolidad (como en Un mundo feliz, donde las relaciones entre personas son artificiosas e interesadas), por lealtad al partido, por un egoísmo absoluto o por lo que el Estado desee. Pero ¿cómo se llega a esta situación?. En primer lugar, prohibiendo expresamente las relaciones sexuales (1984). Otra opción es devaluarlas mediante la propaganda (Un mundo feliz), y así generar una cultura hedonista en la que se trate a los demás por el mero placer sexual que pueden aportar. Entonces, ¿qué nos recuerdan estas situaciones a la actualidad? Podemos ver perfectamente cómo los medios de comunicación (películas y series) rezuman sexo, cómo los Estados dificultan el tener hijos, y sin embargo, cómo favorecen el aborto y los anticonceptivos, y en conclusión, podemos ver cómo la mayor parte de nuestra sociedad trata al sexo de una manera parecida a la que lo trataban los personajes de Un Mundo Feliz.
Por último, podemos ver una última característica del ser humano en el que el Estado se entromete en las tres novelas, la parte más importante del hombre: su identidad.
En 1984, cada persona es considerada como parte del partido, en Un Mundo Feliz, nadie tiene libertad individual, “todos pertenecen a todos” (reza el lema de su país) y todos forman parte de una casta, y en Fahrenheit 451, la identidad del hombre está adormecida, y es complaciente y mediocre.Vemos, pues, que en las novelas se intenta alienar la identidad del hombre en favor de un “Ser superior”, ya sea la casta o el partido. En nuestra sociedad actual esto se manifiesta por medio de las conocidas “etiquetas”: si eres del Real Madrid, no puedes apreciar un partido del Barça; si eres de derechas, no puedes estar de acuerdo en nada con ningún político de izquierdas, y si votas a Vox no puedes pensar que son mejores las medidas económicas del PP. Esta pérdida de la identidad, está, como vemos, muy infiltrada en nuestra sociedad, en la que no se propicia tener ideas propias sino a compartir las ideas de un colectivo.
Ya vemos que estas tres novelas distópicas tienen muchos elementos en común con nuestra sociedad actual: desde los avances tecnológicos y sus implicaciones en la sociedad o la modificación del lenguaje, hasta el control de la sexualidad, la identidad del hombre y la promoción de formas consumistas de entretenimiento. Si bien, no debemos olvidar lo que dice Arnau Berenguer sobre las novelas distópicas: “al protagonista principal siempre le ocurre un hecho vital (fortuito o no) que provoca que descubra el verdadero funcionamiento del mundo donde vive y se rebele contra él”. Pues bien, todo el que haya leído este ensayo tiene ahora el deber de ser el protagonista, y rebelarse contra estos matices de dictadura que poco a poco van cubriendo con su velo nuestra sociedad. Podría parecer que el estilo del ensayo tiene un cariz pesimista, pero no es así, porque sólo podemos evitar acabar en una situación distópica si somos capaces de identificar las características de los regímenes actuales que podrían llevarnos a ella. Por lo tanto, ruego se me permita modificar ligeramente la frase del célebre Santayana: "aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo", para terminar este ensayo diciendo “ aquellos que no pueden luchar por un futuro mejor, están condenados a no disfrutarlo”