La prensa científica, creadora de opinión pública
Gonzalo Herranz, Departamento de Bioética, Universidad de Navarra
Conferencia pronunciada en la Facultad de Comunicación Social Institucional de la Università della Santa Croce
Reunión de Estudio sobre Comunicación y Cultura de la Vida
Roma, el 29 de abril de 1998.
2. De la estructura dual de las “seis grandes”
3. Eslabones fuertes entre el mundo de la ciencia y el mundo de las comunicaciones
4. Ética de las relaciones entre editores científicos y medios de comunicación
Las noticias científicas interesan vivamente a los hombres y a las mujeres de hoy. Los medios de comunicación saben que muchos lectores, en especial los cultos y los ricos, esto es, los más influyentes, están muy interesados en los avances que con tanta frecuencia e intensidad se producen en los laboratorios de investigación. Hay hoy una avidez particular por las novedades que vienen de las ciencias biomédicas, pues no en vano la salud es el valor más estimado en la sociedad del presente. Lo que se dice en un congreso internacional de cardiología o cáncer se sigue con el mismo anhelo con que se informa acerca de una conferencia de paz, una alianza económica o un acontecimiento deportivo. Más de 3500 periodistas acreditados han cubierto las grandes reuniones mundiales que cada año reúnen a los estudiosos del SIDA. De hecho y a nivel mundial, la oveja Dolly, la soja transgénica o las prótesis mamarias de silicona pueden ser motivos mediáticos tan intensos como puedan serlo la final de la Liga de Campeones, el embargo de Cuba, la situación del Oriente Medio, o el precio del petróleo.
Los medios de comunicación tratan de modo muy diverso la información biomédica. Hay una gran variedad de estilos e ideologías. En un extremo, están los que le dedican una sección fija diaria, o un programa amplio, o un suplemento semanal: a ese fin, mantienen en su plantilla uno o varios profesionales que se dedican en exclusiva al periodismo científico, muchas veces con grados universitarios en ciencias de la comunicación y en ciencias biomédicas. En el extremo opuesto, están los medios que se limitan a transcribir unas pocas noticias ocasionales, las más sorprendentes o extrañas, contenidas en el abundante material que compran a agencias de noticias o colaboraciones.
Puede, en general, afirmarse que los periódicos, la radio y la televisión dedican mucho espacio y tiempo a esas noticias, las tratan como información cualificada, y no raras veces las sensacionalizan. Con frecuencia, las reelaboran y adaptan, les añaden comentarios y opiniones que obtienen de expertos, para dar así a esas noticias más relieve, o para ponerlas en el contexto cultural propio. Las hacen también objeto de encuestas entre el público. Muchas veces, esas reelaboraciones tratan menos de hacer un frío análisis demoscópico que de echar leña al fuego del debate social.
El establishment de los medios de comunicación social sabe que muchas noticias biomédicas reúnen una mezcla específica y muy atractiva de ciencia y compasión, de inteligencia y esperanza, que las distingue de las demás y las hace muy humanas. Tienen la inmediatez y el realismo de lo que se refiere a la vida de todos y a la salud de cada uno. Y, por añadidura, suelen tener implicaciones éticas de gran trascendencia que nos implican a todos, como individuos y como sociedad.
En general, las noticias sobre sucesos y avances biomédicos siguen un proceso de generación, presentación y difusión semejante al que se aplica a cualquier otra noticia. Pero tienen algunos rasgos especiales. Se trata de dos hechos estrechamente conectados, pero que pocas veces se han discutido de un modo explícito.
El primer hecho se refiere a las fuentes de esa información y puede enunciarse así: la parte culturalmente más significativa, la verdaderamente formadora de opinión pública, de las novedades biomédicas que se difunden a través de los medios ordinarios de comunicación se originan en las páginas de unas pocas publicaciones que, por decirlo así, actúan a modo de dominante agencia mundial de noticias sobre las ciencias de la vida y de la salud. Para acceder a esas noticias, es suficiente examinar cada semana media docena de revistas biomédicas. Yo las llamo las “seis grandes”. Son: Nature, Science, The New England Journal of Medicine, The Lancet, The Journal of the American Medical Association, The British Medical Journal. No tiene el periodista que se encarga de la sección de ciencia y salud de los periódicos y revistas que moverse de su mesa de trabajo: allí le trae el correo urgente cada semana esas publicaciones en su edición de papel, o se las sirve Internet en sus ediciones electrónicas, o las recibe, junto con muchos otros materiales, en cualquiera de los paquetes o boletines de información que ofrecen algunas agencias especializadas.
Es este un periodismo de guante blanco, que coexiste en los medios con otro muy diferente, el periodismo de calle, con su enérgica función de denuncia de las insuficiencias del sistema sanitario, de la incompetencia de muchos médicos, de la corrupción de algunos científicos. Este periodismo amarillista exige al periodista infiltrarse en laboratorios, hospitales, morgues o consultorios. Es un periodismo más sensacionalista, pero a la larga menos influyente. El periodismo de la divulgación científica es más académico, más educativo y penetrante, verdaderamente formador de opinión. No hace hervir la sangre, pero hace reflexionar a la mente. La influencia de las seis grandes revistas es incalculable.
El segundo hecho es este: la influencia de esas revistas no se basa tanto en los datos y perspectivas estrictamente científicos que publican, sino en la filosofía y el proyecto que las inspira. Aunque las seis grandes presentan entre sí diferencias marcadas de historia, estructura y estilo, coinciden, sin embargo, en su propósito de crear un clima social favorable a la ciencia. Todas se proponen conceder a los datos, teorías y modelos científicos un papel si no directivo, sí inspirador en la toma de decisiones colectivas e individuales. Están convencidas de que la visión cientifista del mundo y del hombre es la única capaz de hacernos libres y felices.
En general, la influencia de estas publicaciones no se ejerce primaria y directamente sobre el pueblo llano. Sus objetivos consisten en informar a los universitarios y educadores, a políticos y financieros, a los artífices de la opinión pública y del desarrollo social, acerca de asuntos tales como la programación de la política científica, las prioridades de la investigación y el desarrollo tecnológico, las políticas de población y sanidad, las directices ecológicas, las aplicaciones y usos de la biotecnología, o la planificación de la economía sanitaria. Y, por encima de todo y dando forma a todo el conjunto, definen y difunden el proyecto universal de dar a la humanidad entera un credo científico, una visión cientifista del hombre y de la sociedad humana como fundamento de una forma de vida satisfactoria.
Tal como lo expresaba F. J. Ayala, ex-Presidente de la American Association for the Advancement of Science, la entidad que edita la revista Science, la sociedad del futuro puede construirse sólo en la comprensión de los conceptos científicos básicos. Sólo en lo que Ayala denomina la alfabetización científica es posible crear la fuerza laboral capacitada, el bienestar económico y sanitario de todos y el ejercicio de la democracia participativa que serán, a la vez, requisito y resultado de esa sociedad.
Esta alfabetización y esa catequesis del cientifismo es practicada semana a semana por esas seis revistas suavemente, en un riego gota a gota, lento, pero de gran eficacia, que llega directamente a las elites intelectuales, y que los medios se encargan de extender y amplificar. Lo hacen no sólo porque las seis grandes constituyen un importante repositorio de datos y avances científicos y porque son un importante punto de encuentro de la ciencia y la sociedad. Esa catequesis cientifista universal es operada con eficacia asombrosa porque las seis grandes, por encima de ser fuente de noticias, son fuente de comentarios e interpretación de esas mismas noticias.
Semana a semana, esas noticias y comentarios son divulgados por todo género de medios de comunicación. El mundo se va empapando poco a poco, de ese mensaje. De mil modos diversos, el mensaje de las seis grandes llega, primero, a las elites científicas, políticas y económicas, y después, por el intermedio de agencias y medios, alcanza capilarmente a todas partes, a la gente corriente. En fin de cuentas, la prensa escrita, la radio y la televisión nos dicen de mil modos distintos que la ciencia nos ayudará a vivir muy bien en este mundo, que nos dará la explicación de todo, que la salvación de la humanidad está en la ciencia.
Baste lo dicho de planteamiento general. En lo que sigue, distribuiré la materia en cuatro puntos. Primero trataré de describir lo que podríamos llamar la estructura dual de esas influyentes publicaciones. Segundo, describiré como esa estructura dual permite a las seis grandes servir de eslabón principal entre la prensa científica y los medios. Después, me referiré brevemente a las normas éticas que se han arbitrado para evitar conflictos en las relaciones entre los editores científicos y los medios de comunicación. Cuarto, terminaré con algunas propuestas que se derivan de las consideraciones precedentes.
2. De la estructura dual de las “seis grandes”
Las seis grandes son revistas que publican materiales muy diversos. En un hecho digno de mención que, este tiempo de subespecialismo, las seis grandes subsisten y florecen precisamente por ser revistas generales: abarcan todas las ciencias naturales, o abarcan toda la medicina. Pero, dentro de esa universalidad y diversidad, el contenido de sus artículos puede distribuirse en dos géneros bien caracterizados: el género científico y el género opinante. El primero está representado por artículos de investigación o revisión, hechos de ciencia fuerte, dura, avanzada, sólo accesible a los preparados en la materia. El segundo está formado por materiales multiformes en contenido y presentación, que tratan justamente de evaluar y de poner en perspectiva los artículos de la otra sección, para divulgarlos, hacerlos accesibles, dándoles forma de noticia o de comentario, sopesando su significado para el futuro de la empresa científica, o aprovechando la oportunidad para chismorrear sobre personas o instituciones del ramo. A veces, simplemente para divertir. Con muchísima frecuencia, para adoctrinar.
Las seis grandes gozan, en cuanto revistas científicas, de prestigio muy alto. Los artículos que publican están en la primera línea de la investigación y del pensamiento científico. Poseen un índice de impacto muy elevado, lo que significa que los artículos que publican son muy frecuentemente citados. Pueden permitirse el lujo de ser extremadamente exigentes en la selección del material que publican, pues reciben montones de selectos manuscritos de investigación original, muchos más de los que pueden publicar. Sólo un artículo de cada diez o cada veinte de los que les son enviados alcanza a ver la luz en sus páginas. Los seleccionan mediante un complejo proceso editorial, en el que participan científicos de gran autoridad, incluidos algunos galardonados con Premios Nobel, que aportan no sólo su parecer sobre la publicabilidad o no del manuscrito, sino que sugieren medidas para mejorar su calidad científica y textual.
Publicar un artículo científico en una de las seis grandes es el ideal al que secretamente aspiran muchos investigadores y médicos, pues es privilegio alcanzado por pocos y considerado universalmente como una marca de distinción en el curriculum vitae.
Lógicamente, en las páginas de las seis grandes han visto la luz muchos de los descubrimientos científicos más significativos de los últimos decenios. La lista sería interminable, por lo que pueden bastar unas pocas muestras: la estructura molecular del DNA, la identificación del SIDA como una enfermedad nueva, el papel de los oncogenes en el determinismo del cáncer, el nacimiento y desarrollo del proyecto del Genoma humano, la clonación de la oveja Dolly, y tantos más.
El número de suscriptores de cada una de las seis grandes supera largamente los doscientos mil. Todas ellas aparecen no sólo en edición de papel: sus textos electrónicos, más o menos completos, aparecen con exacta puntualidad en Internet. Pueden ser copiados gratuitamente. Ya no hay ahora retrasos imputables al mal funcionamiento del correo. Esto en lo que respecta a su función transmisora de ciencia.
Pero, en lo que a nosotros esta mañana más nos concierne, las seis grandes son, al mismo tiempo, poderosos órganos de opinión, instancias enormemente influyentes. No carece de fundamento pensar que su liderazgo en el campo de la ciencia se ejerce principalmente no por su función de vehículo muy prestigioso para la publicación de investigación de primera clase, sino a través de su función opinante. Esas pocas publicaciones son la eminencia gris que gobierna el mundo de la ciencia, que crea y guía la opinión pública en Biomedicina, que inspira la ideología y la política de la investigación científicas. Son, en realidad, los vectores de la influencia cultural de la ciencia.
Ejercen esa función opinante de diversos modos. Lo hacen, para empezar, indirectamente, cuando seleccionan los artículos científicos que publican. Aunque aquí el criterio básico sea la calidad científica intrínseca de los artículos, su metodología, la originalidad de su planteamiento, su carácter revisionista y corrector, no cabe duda de una cosa: cuando la oferta de artículos de excelente calidad es tan elevada, la selección puede echar mano también de criterios, preferencias o intereses editoriales, incluso de oportunidad “periodística”.
Es importante reconocer que hay un riesgo real de publicación sesgada. Es importante porque, en general, el público tiene de la ciencia una visión idealizada, que no se corresponde a la realidad. Piensa la gente que lo que dicen los libros y las revistas científicas es, si no la verdad absoluta, sí la descripción más objetiva posible del asunto tratado, tal como es conocido en el momento histórico en que el autor escribe. Y no sospecha que la realidad puede ser otra: que en la presentación y evaluación de la ciencia el autor influye mucho, porque está inevitablemente vinculado a un determinado modo de ver las cosas, cuando no limitado por conflictos de interés, más o menos importantes, de orden económico o ideológico. El lector ha de hacer un notable esfuerzo para separar, mediante la lectura crítica, entre datos y opiniones, entre análisis científico y adherencias que podríamos llamar “culturales”.
Las revistas científicas suelen adoptar decisiones de política editorial. Puede una revista, por ejemplo, decidirse a tomar el liderazgo en un aspecto importante: por ejemplo, en el estudio y discusión del presente y en la programación del futuro de la economía de la atención de salud. Ello trae como consecuencia inmediata un cambio de criterios de selección de lo que publica: ya no es el mérito intrínseco de los artículos en sí mismos lo que decide su publicación, sino su congruencia con la línea de política editorial. Si eso lo hace una de las seis grandes, se opera una especie de cambio de prioridades. Lo que antes ocupaba un lugar periférico, ahora está en el foco visual de todos. Es lo que, por ejemplo, hizo el New England Journal of Medicine durante el periodo en que Arnold Relman rigió su política editorial: la revista que, durante el periodo anterior, bajo Franz Ingelfinger, había asumido el liderazgo de la ética médica, se transmutó en la activadora de la crítica de la estructura económica de la medicina norteamericana y en la inductora del análisis económico de los servicios de salud. El Journal siguió siendo una revista duramente científica, pero su sección de opinión cambió el campo de su interés principal: de la ética a la economía.
Lo que, sin embargo, les da a las seis grandes esa superior capacidad de influir en la opinión pública acerca de la biomedicina no son primariamente las muchas páginas que dedican a la publicación de artículos de investigación. Su influencia se debe a las páginas de opinión, destinadas a artículos editoriales, a cartas de los lectores, a comunicar y analizar noticias del mundo científico, a reforzar el mensaje de esas noticias con comentarios. Las seis grandes han sabido conferir a sus páginas de opinión una calidad técnica elevada, con noticias de última hora, y un fuerte atractivo, gracias a la combinación de habilidad descriptiva, humor académico, soltura en el debate, que ponen con su competencia profesional los periodistas científicos que dirigen esas secciones.
Los artículos de opinión son de contenido y forma muy variados. Suelen ser notas breves y llenas de brío. Algunas, como los editoriales, los comentarios y las cartas al editor tienen el estilo clásico que incita a la opinión y el debate, de modo semejante a lo que suele hacerse en la prensa general. Son el medio de expresar la libertad de pensamiento y palabra de editores y lectores. Pero hay también secciones de noticias con comentarios breves y penetrantes. Son típicamente llamadas noticias y perspectivas, noticias y puntos de vista (News and Perspectives, News and Views, News and reviews). Nunca falta en un hospital o en un laboratorio alguien que las lee y que disfruta comunicándolas en los pasillos o ascensores o mientras se toma un café en una pausa del trabajo.
3. Eslabones fuertes entre el mundo de la ciencia y el mundo de las comunicaciones
Las noticias, editoriales y comentarios no interesan sólo a los que trabajan en hospitales y laboratorios de investigación. Las secciones de opinión citadas y otras que publican las seis grandes, como, por ejemplo, Policy and People, Medicine and the Media, Medicopolitical Digest, Headlines, Features, Dispatches, Updates, Lifeline, Minerva, son justamente las que pueden pasar con facilidad suma a los medios generales de comunicación.
Estas pocas publicaciones funcionan como lanzaderas que traspasan la información científica sobre la vida y la salud desde el mundo de la ciencia al mundo abierto de la información. Se trata de una de las encrucijadas importantes del mundo, donde se enlazan la cultura científica y la mundana. Pero también y, para nosotros muy importante, son una encrucijada donde vienen chocando y seguirán haciéndolo interminablemente la cultura de la vida y la cultura de la muerte.
Las relaciones que se anudan entre publicaciones científicas y medios de comunicación son intensas y cordiales. Y, a la vez, complejas.
Esas relaciones son intensas, abundantes. Bastan para demostrarlo unos pocos datos. En una búsqueda en Bioethicsline, del material bibliográfico sobre cuestiones de Bioética, reunido entre 1973 y diciembre de 1997, he anotado el número de entradas que sobre asuntos de Bioética han publicado algunos periódicos estadounidenses. Los datos son estos: New York Times, 1930 entradas; Washington Post, 653 entradas; London Times, 122 entradas; Newsweek, 112 entradas; Wall Street Journal, 60 entradas. Conviene señalar que son muy pocos los artículos primarios, producidos espontáneamente por esos periódicos. Casi todos esos artículos son secundarios, es decir, son comentarios a noticias publicadas en la prensa científica. Si la búsqueda se hiciera en el servicio bibliográfico Medline, –que cubre el total de las especialidades médicas, y no sólo la Bioética, como hace Bioethicsline– los datos se multiplicarían notablemente. La avidez potencial de los lectores, radioescuchas y telespectadores para las noticias sobre vida y salud es casi ilimitada. El público general es visto desde los medios como capaz de interesarse por todo, aunque sea con un interés sólo superficial y fugaz.
Quienes hojean regularmente las seis grandes observan que en las páginas o suplementos de ciencia y salud de diarios y revistas, los periodistas recurren con frecuencia al fácil expediente de transcribir, a veces literalmente, a veces tras una reelaboración profunda, los comentarios o noticias importados de aquellas.
Cada número semanal de las seis grandes lleva, como hemos visto, artículos, noticias y comentarios que pueden, de muchos modos diferentes, atraer la atención de los medios de comunicación. Creo que es muy ilustrativo a este efecto el comentario que Richard Smith, editor del British Medical Journal, añadía a la edición electrónica de la revista del pasado 21 de marzo, hace poco más de un mes. (A fin de simplificar las cosas señalaré con ref las referencias, al texto en papel y al texto electrónico, a otros artículos publicados en el mismo número de la revista).
Decía Smith: “Esta semana, el BMJ ofrece toda suerte de posibilidades [para los medios de comunicación]. ¿Se harán eco los medios de que llevar a los bebés en avión puede causar hipoxemia e incluso el síndrome de muerte infantil repentina? Se trata de un hallazgo provisional, cuestionable sobre bases éticas (ref). Un editorial informa que British Airways no ha registrado ni un solo caso de síndrome de muerte infantil repentina a pesar de transportar cada año a 34 millones de pasajeros (ref). Quizá alguien podría argüir que este estudio tendría que haberse enterrado en una revista especializada para evitar que se pueda crear entre el público una inquietud injustificada. A eso se puede responder con estos argumentos: el derecho del público a saber, el hecho de que ya no hay ningún lugar en el mundo en el que esconderse de los medios, y el esfuerzo que ha hecho el BMJ para poner en contexto esa pieza de investigación.
Otro artículo que probablemente recibirá atención es el que denuncia la hipocresía de los supermercados que se promocionan a sí mismos como proveedores de alimentos frescos y sanos, mientras siguen vendiendo a precio ventajoso cigarrillos de “su propia marca” (ref) [...] Tales cigarrillos de bajo precio son en su mayor parte comprados por gente pobre y anciana, en especial mujeres, fumadores con fuerte dependencia del tabaco: en otras palabras, por quienes más daño pueden sufrir.
El debate ético en torno a si habría que permitir que tome cannabis un paciente que ha de permanecer largo tiempo en el hospital puede provocar la atención de los medios, porque en la encuesta realizada, algunos entrevistados han dicho que prefieren que les dejen tranquilos para hacer lo que les gusta en tanto no hagan daño a ningún otro (ref).
Un artículo que, es casi seguro, no atraerá la atención de los medios –a pesar, irónicamente, de ser metodológicamente muy fuerte y de contener un mensaje importante para todos– es el que demuestra que es inoperante tratar la tos con antibióticos (ref).
Por último, dos artículos consideran como los mensajes fluyen en dirección contraria: de los medios a la medicina. Uno describe como el Sunday Telegraph fue manipulado por la British American Tobacco para que publicara que fumar pasivamente no causa cáncer (ref), mientras que otro discute como los medios de comunicación están poniendo en tela de juicio la autorregulación de los médicos (ref)”.
Tal como de deduce del tono general del largo, y pienso que ilustrativo, texto de Richard Smith, las relaciones entre los editores de las revistas científicas y los periodistas que llevan las secciones de ciencia y salud de periódicos, radios o cadenas de televisión tienden a ser amistosas, colegiales, pues unos y otros se necesitan mutuamente. Están obligados a vivir en una relación en cierto modo simbiótica: comparten intereses, si no comunes, sí relativamente próximos. Los que llevan las páginas de opinión de las seis grandes son personas que, por un lado, han sido capaces de obtener, por formación académica o por aprendizaje práctico, una intensa familiaridad con los problemas de la ciencia y con el arte de comunicar. Pueden comprender problemas complejos de ciencia dura o de política científica y pueden a continuación hacer de esos problemas una presentación precisa y comprensible, atractiva y absorbente, de modo que puede ser asimilada y gozada tanto por científicos como por no científicos, procedentes unos y otros de lugares humanos y de campos de intereses muy diversos. Los periodistas científicos son científicos y comunicadores a la vez. Sus nombres –Gina Kolata, Barbara Culliton, Joseph Palca, Richard Smith, Trisha Greenhalgh, George Dunea, Carol Levine– han llegado a ser tan populares como los de los científicos de más fama. Y su influencia, sin duda alguna, puede llegar a ser mayor.
Decía antes que la relación entre científicos periodistas y periodistas científicos es amistosa. Y es también influyente en ambas direcciones. Los canales de información que los une soportan un fuerte tráfico en ambas direcciones. Se puede imaginar que el movimiento de las noticias científicas vaya predominantemente, si no exclusivamente, de las revistas científicas hacia los medios. Pero conviene dejar bien claro que existe también un flujo al revés: no tan denso y abundante, pero igual de real y efectivo.
Desde los medios de comunicación y, a través de ellos, desde la misma opinión pública, llegan frecuentes mensajes a los científicos. En primer lugar, porque éstos son gente de la calle y se comportan como tales. Dicho entre paréntesis, les gusta a casi todos ellos, como a la gente de la calle, salir en los periódicos, hablar por la radio o aparecer en el telediario o en programas especiales de televisión. Además, la investigación científica, para recibir de la sociedad el mucho dinero que necesita, necesita gozar de crédito, ante el público y ante los gobernantes, y depende en buena medida de los medios de opinión para alcanzarlo. No perjudica a los investigadores, todo lo contrario, a la hora de buscar dinero para sus investigaciones, ser bien conocidos, gozar de buena imagen, caer bien a los medios. No le vale hoy al investigador encerrarse en una torre de marfil. El binomio prensa científica + medios de comunicación puede abrir muchas puertas y ganar muchas voluntades.
Pero hay más. La misma comunidad científica es increíblemente sensible a la divulgación científica. El modo de hacer investigación es influido por lo que dicen los medios de comunicación. En 1991, Phillips, Kanter, Bernarczyk y Tastad publicaron un artículo titulado Importance of the lay press in the transmission of medical knowledge to the scientific community (N Engl J Med 1991;3251180-3), un artículo que trataba de responder a una pregunta muy interesante y audaz: el hecho de que determinada investigación médica sea divulgada por los medios populares, ¿ejerce algún efecto sobre la comunidad científica o sobre el grupo que la ha producido? Los autores partían de la idea de que la comunicación rápida y fiel de los resultados de las investigaciones biomédicas interesa al público y, lógicamente, a los autores de esas investigaciones, que ven popularizados sus nombres y sus observaciones. Pero, ¿interesa también a la comunidad científica en general?, ¿es ésta sensible a los contenidos científicos divulgados por los medios? Dicho de otro modo, los medios, ese cuarto poder, ¿influye sobre los hombres que hacen la ciencia?
El modo más sencillo de medirlo consiste en ver si los trabajos científicos que encuentran eco en los medios importantes de comunicación social son después más citados en las publicaciones científicas que los que no encuentran ese eco. Phillips y sus colaboradores lo hicieron comparando, con la ayuda del Citation Index, las citaciones que recibían un conjunto de artículos de contenido y calidad semejantes, publicados todos ellos en el New England Journal of Medicine, según hubieran sido o no comentados en el New York Times. Observaron por medio de una metodología rigurosa y de la inesperada ayuda de unas circunstancias no planeadas, que los artículos publicados en la revista científica y que eran después comentados en el rotativo recibieron un número mucho más elevado de citaciones en artículos científicos publicados a lo largo de los 10 años siguientes, en especial en el primero. Llegaron a la conclusión de que la investigación que es cubierta por la prensa general ejerce un efecto amplificador de la transmisión de esa investigación sobre la misma comunidad investigadora. Es decir, los investigadores científicos son informados y educados, en cuanto investigadores científicos, por la prensa general.
Este es un descubrimiento muy interesante, que echa sobre los hombros de los divulgadores unas responsabilidades y también unas oportunidades formidables.
4. Ética de las relaciones entre editores científicos y medios de comunicación
Entre publicaciones científicas y medios de comunicación se dan lógicamente situaciones de signo muy diverso: de ordinario, hay un gran espacio abierto a la colaboración, al trabajo sinérgico. Pero hay también ocasiones de desacuerdo y de contradicción.
Tratemos, para empezar, de las relaciones de cooperación. En general, las seis grandes son cuidadosamente examinadas por los periodistas científicos en busca de noticias que puedan interesar al público general.
Ello conlleva no sólo una tarea de transmisión, sino especialmente de reinterpretación, lo cual consume tiempo, pues no se trata sólo de dar forma periodística y políticamente correcta a lo que publican las revistas científicas: hay que obtener explicaciones y opiniones de expertos, pues muchas veces no es suficiente fiarse de los editoriales con que la propia revista acompaña los artículos más salientes que publica.
Se hace necesario, por ello, que los medios puedan recibir con antelación el texto de esos artículos, a fin de poder preparar los comentarios y críticas correspondientes. Para facilitar a los periodistas ese trabajo, los editores suelen ofrecer anticipadamente a los medios el texto de todos los artículos de investigación o de opinión que se publicarán en el inmediato futuro, o, al menos, el texto de aquellos artículos que pueden, con toda probabilidad, despertar el interés de los medios y del público. Esta entrega anticipada de información todavía inédita es un rasgo común de las seis grandes y está ligada a una condición de embargo: los periodistas se comprometen a no publicar esos comentarios y críticas antes de un momento prefijado, que suele ser posterior en unas pocas horas al momento en que la revista científica es enviada a los suscriptores.
El compromiso ético del embargo se complementa y se endurece con otra norma ética, conocida como la regla de Ingelfinger, en honor del que fue editor del New England Journal of Medicine y que la impuso como condición para la aceptación de trabajos para publicar en su revista. Ingelfinger estableció su regla en 1969 para proteger, frente a los autores, el derecho de las revistas de publicar material original. La regla de Ingelfinger establece con los autores un pacto: que se sobreentiende que los trabajos que envían para publicar son trabajos originales, esto es, que no han sido publicados anteriormente, no han sido enviados simultáneamente a otro editor para publicar, ni se han entregado a los medios de comunicación para su divulgación paralela.
Se ha dicho que el embargo y la regla de Ingelfinger son un atentado a la libertad de expresión, que somete a los autores a la voluntad caprichosa de los editores científicos, que lesionan el derecho del público a conocer la verdad sin interferencias de terceros, que retrasan a veces en varios meses la publicación de información que puede ser salvadora de algunas vidas.
Pero no cabe duda de que esas normas establecidas tienen a su favor un balance muy positivo: sirven para eliminar la precipitación, la publicación irresponsable y sensacionalista y, sobre todo, ayuda a organizar, interpretar y contrastar la información. Esta es de mejor calidad cuando se cumplen esas normas. Admiten ser suspendidas, en casos excepcionales, cuando pudieran tener implicaciones desfavorables para algunos pacientes o para el público. Pero eso pasa muy de tarde en tarde.
Esas normas éticas favorecen la creación de una atmósfera cordial, cooperativa, entre prensa científica y medios de comunicación. Science, por ejemplo, se declara entusiasta de sus relaciones con los medios. La revista se ha señalado como uno de sus objetivos ayudar a que el público alcance una comprensión seria y competente de la ciencia y se ha comprometido a mantener una relación fructífera y amistosa con él a través de los medios. A éstos les ofrece semanalmente un paquete de información (conocido por SCIPACK) que es enviado por correo electrónico a los periodistas que lo solicitan. El SCIPACK está también disponible en la página Eurekalert de Internet, junto con muchos servicios de prensa de instituciones académicas y de importantes publicaciones biomédicas. El SCIPACK consiste en resúmenes de los trabajos de investigación que se publicarán la semana siguiente en Science, e incluye información para contactar a los autores. Las seis grandes han adoptado la práctica de depositar anticipadamente en sus páginas de Internet los resúmenes o el texto completo de los artículos que aparecerán la semana siguiente.
Bajo el consenso creado por las normas de embargo y de Ingelfinger se han desarrollado otros criterios éticos que facilitan las relaciones entre editores científicos y medios de comunicación. Se ha temperado el afán de prioridad, de ser el primero en publicar la noticia. El centro de gravedad del buen periodismo científico se ha desplazado a la calidad y madurez de los comentarios. Es tenida por mala práctica la exageración de los contenidos o la torturación de los datos. El periodista que exagera la verdad, que distorsiona voluntarísticamente, puede alcanzar una popularidad transitoria entre el público, pero pone en peligro su prestigio ante sus colegas. No se admite ya impunemente presentar lo tentativo como algo logrado, lo prometedor como real. Los periodistas científicos prefieren dar a sus mensajes un aire positivo pero mesurado: no les gusta hablar de investigaciones fracasadas o de ensayos negativos. Prefieren tratar de nuevas esperanzas.
La batalla en favor de la ética de la información objetiva es, sin embargo, muy difícil: no se admite en el mundo de la ciencia que exista una ética objetiva, menos todavía que sea aceptable una ética de base religiosa. Se prefiere la ética de comités, de consensos mínimos, de duda permanente. Puede aceptarse una moratoria para emprender ciertas investigaciones, pero en ciencia se considera sencillamente absurdo hablar de absolutos morales. Los científicos se sienten más a gusto en una especie de infantil inocencia moral.
5. Algunas propuestas que se derivan de las consideraciones precedentes. Comunicación y cultura de la vida
Todo cuanto he dicho hasta ahora trata de prepararnos para una pregunta decisiva: en el contexto que nos reune, Comunicación y cultura de la vida, ¿qué podemos hacer? En la encrucijada decisiva, en la que las informaciones científicas se han de convertir en opinión pública, ¿cómo incorporar a la cultura de la vida todo el caudal de la ciencia biomédica?
Pienso que ese trabajo fundamental ha de hacerse cumpliendo el triple encargo que el Santo Padre ha hecho a los evangelizadores de la vida: anunciando, celebrando y sirviendo al Evangelio de la Vida.
Las noticias y comentarios que cada semana nos traen las seis grandes deben ser evaluados a la luz del EV. Muchas veces, nos traen buenas noticias, que nos llevarán a anunciarlas, celebrándolas con alegría, proponiéndolas como servicio a todos, en especial a los más débiles de salud y más pobres en poder. Tiene la empresa científica una extraordinaria potencia de progreso, de hacer el bien, de vencer la enfermedad y de aliviar el dolor. Tiene también la empresa científica, junto a una divertida capacidad de meterse en callejones sin salida y de cometer errores sorprendentes, una capacidad ilimitada de rectificar el error, un sentido, agudo y bienhumorado, de volver a empezar después de cada fracaso. Esas virtudes humanas de los científicos nos dan una capacidad grande de entendernos con ellos, de dialogar con ellos de tú a tú, de dar de los progresos científicos una visión positiva, a veces incluso entusiasta.
Pero muchas otras veces, las noticias no provocarán alegría, sino dolor. Vendrán cargadas de ideología cientifista, manipulativa: tratarán a ciertos seres humanos, en especial a los más pequeños y débiles, como si fueran cosas; reducirán su alma a un cibersistema autorregulado y predecible; el cuerpo del hombre ya no es templo de un alma, sino un conjunto de sistemas moleculares interactivos capaces de ser descritos según modelos físicos. A la hora de discernir lo que hay de noble en muchas noticias, tendremos que eliminar antes todo un envoltorio de interpretaciones cientifistas, en que vienen presentadas, hay que reconocerlo, con una habilidad consumada. Nuestros colegas de las seis grandes son no sólo profesionales de gran competencia: son también apóstoles de una doctrina que predican con una perseverancia que tantas veces nos falta a los cristianos. Una vez más, resulta que los hijos de las tinieblas son más hábiles que los hijos de la luz.
Han hecho creer a casi todos que estamos asistiendo, gracias a la ciencia, a una revolución más rica de consecuencias para el modo de vivir de los hombres que el que tuvieron la venida de Cristo, la Revolución Francesa o la Caída del Muro. Gracias a la ciencia no habrá ya, nos dicen, más revoluciones políticas: el bienestar social y el progreso económico serán conquistados en el futuro gracias a la Biotecnología, que dará pan y salud a todos. Insisten una vez y otra en que la ciencia no sólo cambiará nuestras condiciones de vida: cambiará nuestro modo de ver el mundo, la naturaleza, el hombre.
El mensaje que hemos de debelar es una mezcla de ciencia verdadera y de ideología utópica. Ahora, nos dicen, con la biología molecular y la nueva genética, tenemos por primera vez una imagen congruente del mundo biológico. La naturaleza se presenta como un sistema de sistemas. Los organismos funcionan y se reproducen como sistemas gobernados por sus propios genes. Son estructuras complejas gestionadas por el programa contenido en su DNA genómico. La vida biológica se está interpretando como el procesado de una información específica. Un embrión clónico es tan válido como un embrión biparental obtenido por reproducción sexuada. Los conceptos tomados de la informática, de la ciencia de sistemas, de la ingeniería de la programación y del control, nos presentan en diagramas lógicos el control de todas las funciones orgánicas. No tardarán las neurociencias en ofrecernos el mecanismo molecular del pensamiento. Ya no habrá misterio, sino conocimiento de sistemas programados. Todo será reprogramable.
Frente a ésto, ¿que estamos haciendo? El Papa no se cansa de darnos ideas fuertes.
No quiero ser pesimista, pero hay que reconocer que a veces no hemos estado a la altura de lo que el Papa espera de nosotros. En el punto 45 de Dominum et Vivificantem el Santo Padre nos dice estas palabras que vienen aquí como anillo al dedo: “El Espíritu de la Verdad, que ‘convence al mundo en lo referente al pecado’, se encuentra con aquella fatiga de la conciencia humana, … que determina también los caminos de las conversiones humanas”. Refutar el cientifismo, limpiar la ciencia de soberbia intelectual, de arrogancia política, es tarea que exige trabajo y fatiga, un corazón valiente y un esfuerzo intelectual denodado.
Antes de seguir adelante, un inciso: ¡con qué extraña dureza ha sido tratado el Papa por algunas de las seis grandes! Su respuesta ha sido muchas veces un frío y calculado silencio ante documentos de extraordinaria riqueza humana, que llevaban mensajes que tocan el corazón de la ciencia. Ni una palabra sobre el punto 16 de Redemptor hominis, esa especie de estatuto ético del progreso científico. Y, en cambio, críticas frívolamente feroces, de simplismo ético alarmante, acerca de Evangelium vitae. Y cuando el Papa ha tenido el coraje moral sin paralelo de publicar el documento sobre evolucionismo o sobre Galileo, la respuesta en alguno de los seis fue de mofa, de ensañamiento, pidiendo más humildad, más autoacusación. Nadie habló de la ejemplar fatiga moral del Santo Padre.
Los buenos hijos hemos de dar la cara por el Santo Padre. A los editores de las seis grandes no les falta sentido de la profesionalidad: publican las cartas que les envían los lectores, aunque sean fuertemente contradictorias de sus apreciaciones, si tienen calidad humana, razonabilidad, coherencia e, idealmente, una pizca de humor. Sus columnas nos están, en principio, abiertas. Incluso para publicar la crítica, que desde la fe y desde la humanidad verdadera, podemos hacer de ese proyecto secularista que ellos proponen.
Hay que volver a la esperanza. Los medios de comunicación tienen ahí la tarea gigante de hacer esa catequesis cristiana de la ciencia. Creo que nos ha tocado repetir en nuestro tiempo la tarea ingente que en el siglo II hicieron aquellos primeros cristianos que fueron la levadura del mundo.
Los periódicos cristianos han de tener una sección de ciencia que no sea la mimética repetición de sensacionalismos o de mensajes cientifistas. Han de tener la fuerza de aquella fatiga de la conciencia. Porque aquí se vuelve a hacer verdad que las batallas las ganan los soldados cansados.
Es “en la fatiga del corazón humano y en la fatiga de la conciencia donde se realiza la ‘metanoia’”, la conversión. Este mensaje de Juan Pablo II no sólo es un mensaje personal: va dirigido a quienes hemos de participar en esa batalla de conquistar la ciencia para Cristo.
Esta reunión es una ocasión de esperanza. Es necesario un periodismo científico competente, con don de lenguas, habilidad dialéctica y feliz capacidad de comunicar, donde la Buena Nueva sea contada con alegría. Hay que perderle el miedo al periodismo cientifista. ¡No tengáis miedo! El grito que inauguró el Pontificado de Juan Pablo II es enormemente inspirador. No podemos limitarnos a condenar: hemos de deslumbrar con la alegría del Evangelio de la vida, con el esplendor de la verdad.
Hemos de ir por el mundo diciendo: ¡Hay una única necesidad urgente: que los científicos y los poetas se expongan a la Verdad de Cristo!